Memoria involuntaria

J. LORENZO HERRERA

(Santander 1958)

Si pudiésemos dibujar cada una de las trayectorias vitales de los seres humanos en un gran papel, como las dibuja un electrocardiograma, por ejemplo, nos daríamos cuenta de que no habría líneas rectas, ni afilados picos, ni tan siquiera pequeños segmentos horizontales: todas las líneas serían curvas sinuosas, incluso espirales cíclicas y entre las siete mil millones de líneas que representarían a todos y cada uno de los seres humanos, nunca encontraríamos dos iguales, ni tan siquiera semejantes.

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Descripción

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Han pasado casi ochenta años desde el día que aquel joven Senén recalara en Madrid, en plena convulsión del período prebélico, y comenzara a trabajar de peón en la construcción de un edificio de viviendas, compuesto por tres bloques, en la calle Marqués de Cubas y la Plaza de las Cortes. Su acusado analfabetismo, leía silabeando y apenas trazaba las letras, se suplía con su disposición para el trabajo duro y las ansias de aprender pronto. Tenía prisa en aquellos momentos, mucha prisa por recuperar el tiempo perdido en la aldea.

       Aquellos ochenta kilos de músculo y energía eran los que, resumidos por los años y la enfermedad, permanecían yertos, decrépitos en la cama del geriátrico, bajo una blanca sábana esperando las llamaradas pulverizadoras de los mecheros del horno crematorio.